jueves, 6 de octubre de 2011

Lo recuerdo como si fuera ayer. Tenía unas ganas intensas de verle, de por fin tenerle más cerca que nunca, de ver su sonrisa de cerca, de escuchar su risa, de contar las veces que pestañeaba, vale, puede que eso no, no soy de letras... Tras todo el miedo que me dan las alturas, todas las películas de miedo, todo lo que ha pasado, decidí montar en avión, el primer avión que vi con mi destino, o eso creo. Todavía recuerdo como me temblaban las piernas, las manos, como sonaba el dinero suelto por esa grande mochila de circulos de colores, como empezaba a sudar por todos lados sin poder controlarme, me tropecé con un escalón, me puse roja, iba intrigada andando despacio por todas aquellas filas llenas de gente hablando tranquilamente, intentando encontrar mi sitio sin confundirme. Entonces es cuando lo vi, si, el número veinti tres, veinte, tres, dos más tres, cinco... Me senté impacientemente esperando a que aquel trasto enorme arrancara de una vez. Entonces es cuando me arrepentí de hacer aquella grande locura, todos los asientos ya estaban llenos, las puertas se cerraron, como si ya no pudiese dar vuelta atrás a las cosas. Recuerdo esa extraña sensación de como de repente se me taponaron los oídos, mientras escuchaba a los Rolling Stone, un grupo al que el le encantaba y era muy fan. Pero todo fue mejorando, si, eso creo, empece a ver esas vistas tan bonitas desde lo alto, a gente que eran pequeñas hormigas a las que aplastar con mis dedos, las nubes como esponjosas nubes de azúcar... TIN TIN TIN, han llegado a su destino, eso oí al quedarme dormida sin darme cuenta, todo era impaciencia, solo quería salir, y verle. Me senté en un banco que había allí, esperándole. Todavía sigo aquí sentada, esperándolo, alimentandome de un viejo bar con el que tengo ya mucha confianza...

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